
Y yo tengo la incómoda sensación de que ya lo había visto antes...

Está el asunto de los cigarrillos, claro, pero igual hay que darle tiempo al gatito para que pille el vicio.
¿Quién se lo dice a Warren?
¿Quién se lo dice a Warren?


Genarín era un pellejero vagabundo, muy popular entre el golferío modesto de la capital, que repartía prensa cuando no estaba fuera de combate por el delirio del aguardiente de orujo. La madrugada del Viernes Santo del año 1929, mientras regresaba a su cubil a lo largo de la calle Carreras, junto a las murallas, después de las habituales libaciones, debió de tener un retortijón y, sin pensárselo dos veces, se bajó los pantalones.
Entonces estrenaba el municipio camión de recogida de basuras. Sumido en los esfuerzos de su necesidad y abrumado por la modorra del alcohol, Genarín no vio el camión. Por su parte, sin duda el conductor confundido los pardos harapos de Genarín con el color de las murallas. El caso que se lo llevó por delante.
—Lo mató, vamos —dijo el Gobernador.
—Lo dejó seco —repuso el Secretario.
Quienes primeramente se acercaron al cadáver de Genarín fueron unas rameras que tenían establecimiento una las cercanías. Una de ellas le tapó la cara con un periódico.
Aquella coincidencia extraña de fechas, situaciones, agentes y testigos, le dio a la muerte de Genarín un significado especial, doblemente escatológico, entre la comparsa tabernaria. El caso es que, en la madrugada que se cumplía el primer aniversario del óbito, se celebró ante el lugar de autos una grotesca ceremonia funeral, que se fue repitiendo ya todos los años, en la misma fecha y hora, dando origen a una especie de cofradía, la de «nuestro padre Genarín», que dirigían cuatro Hermanos Mayores, «los cuatro evangelistas», y que esa noche se acercaba a aquel lugar recorriendo la vieja carretera de los cubos en una procesión cuyo séquito estaba compuesto por los galloferos, borrachines y tipos pintorescos de la marginalia capitalina, así como con muchas hermanitas del pecar. Los miembros de la procesión iban provistos a discreción de botellas de orujo, que les ayudaba a defenderse del frío y, a modo de rezos y letanías, iban entonando letrillas, romances y cantares alusivos al difunto, compuestos la mayoría por un poeta local que tenía relación con aquella gente.
La ceremonia concluía ante el sitio mismo del mortal accidente, con el entierro de un ajo, y uno de los cofrades, el hermano colgador, trepaba por la muralla, aprovechando los huecos entre los cantos, y dejaba en una oquedad algunas botellas de orujo, para calmar la sed del espíritu del Genarín. Luego fueron añadiendo otras ofrendas: un queso y naranjas —al parecer, los manjares predilectos del muerto— y una corona de laurel.
—Pero esa noche, ¿no sale esa procesión que llaman de Los Pasos? —preguntó el Gobernador.
—Sí señor. Imagínese usted, es Viernes Santo. Sale La Ronda.
El Gobernador miraba interrogativamente al Secretario, pero este sacudió las manos con gesto de negación.
—La verdad es que nunca coincidieron. La Ronda de los Pasos sigue otros derroteros. Aunque no dejaba de ser chocante que, mientras los cofrades de verdad iban buscandose de casa en casa con toda solemnidad, dándose unos tremendos campanillazos y esas voces de «levántate, hermanito, que ya es la hora» para ir organizando la procesión, toda la chusma se fuese reuniendo también para formar su cortejo.
—¿Y después de la Guerra? -preguntó el Gobernador.
—A los pocos años, la cosa volvió a ser como antes. Aquí la gente es muy peculiar.
Genarín incorporó su leyenda a la mitología popular del Barrio Húmedo y de las peñas deportivas. Cuando, después de inaugurado el nuevo estadio, la Cultural perdía todos los partidos, la cofradía, acompañada de una multitud, fue una noche y, con un complicado ceremonial, plantó ajos en las cuatro esquinas del campo. Genarín realizó su primer milagro, y los hados fueron propicios al equipo.
—¿Y el obispado?
El Secretario se frotó las manos y torció la boca con una mueca vagamente conspiratoria.
—Ya conoce usted la prudencia de nuestra Santa Madre Iglesia. Directamente, nunca se manifestaron.
Aquella ceremonia, que se denominó "el entierro de Genarín", siguió celebrándose año tras año. En la Semana Santa de 1960, el número de sus secuaces alcanzó al parecer las tres mil personas. Se dijo que acudía a aquel entierro burlesco más gente que a la procesión sagrada, sustituyendo la obligada abstinencia por la copiosa libación y los padrenuestros por las coplas. El «entierro de Genarín» era un secreto a voces, ya que no había merecido comentario alguno en los órganos de comunicación de la ciudad. Pero la multitudinaria asistencia de aquel año suscitó una violenta diatriba en un viejo periodista piadoso, y el Gobernador Civil de entonces decidió proscribir para lo sucesivo aquel rito.
El Gobernador dejó la instancia sobre la carpeta.
—Y se les ocurre resucitarlo precisamente ahora.
—Es que ha llegado la democracia. Mire cómo lo jalean en este semanario.
—Bueno —dijo el gobernador—. Déjeme la instancia. Ya tomaré una decisión.
Galicismo (es decir, procedente del francés) que quiere significar que algo está pasado de moda.
Es un barbarismo que indica la notable pedantería del personajillo que hace la gracia de utilizarlo.